Palestina: “Noor le ha cambiado la vida a las mujeres”

Publicado en El Asombrario

Si tener un hijo con discapacidad ya es un reto para cualquier madre o padre, esto resulta una dificultad extrema si se vive en un campo de refugiados. Pero la unión hace la fuerza y en la asociación Noor del campo palestino de Aida en Belén lo saben. En este comienzo de curso, ‘El Asombrario’ estuvo allí para marcar cuáles son nuestras prioridades, las realidades que nos interesan y nos distancian de otros medios: para comprender la dureza de la vida de estas mujeres que viven sitiadas por los soldados israelíes.

Actualmente reciben terapia 16 niños y niñas y van a la sala ocupacional otros 14. Se trata de un espacio similar a una escuela donde reciben clases adaptadas, realizan trabajos manuales y pasan el tiempo con otros menores. Se trata de una forma de socializar a los pequeños, acercar unas familias a las otras y dar un respiro a sus cuidadoras. Muchas de ellas madres, que casadas o divorciadas, se encargan por completo de los cuidados de los hijos. “Teníamos que hacer algo por nosotras y nos preguntamos qué mejoraría nuestra vida”, indica Islam, una de las 13 mujeres fundadoras. Desde el campo de refugiados de Aida, establecido por la ONU en 1950 al norte de Belén, la asociación Noor lucha contra las precarias condiciones de vida que sufren actualmente 5.000 palestinos desplazados. Se trata de ciudadanos procedentes de 43 pueblos, como Betnateef, una villa ocupada por Israel al sur de Hebrón. De allí procede Rua, hija de Islam, que nos hace de guía por las instalaciones de la organización de mujeres. Ella estudia medicina, quiere ser cirujana, nos explica mientras cuida de su hermano Muhamad con ternura. Él sufre parálisis cerebral y es uno de los menores que reciben terapia en Noor.

No puede contar cómo es su día a día y el de su hermano y su madre sin hablar de la ocupación. “Es difícil vivir en Aida, necesitamos muchas cosas que no tenemos y no podemos hacer muchas que nos gustaría”; a sus escasos 20 años es la portavoz perfecta para el resto de los refugiados. Ella nos cuenta que el Gobierno se esfuerza mucho en proporcionar estudios a todas las personas, pero que después incluso de ir a la universidad las posibilidades de mejorar son limitadas. Los refugiados tienen recortados sus movimientos y viven en una zona C, lo que significa que Israel tiene el control. “Cada noche entran los soldados israelíes en el campamento”. La violencia de la ocupación afecta a los menores de muchas formas. La directa, ya que ser testigos de los enfrentamientos hacen que sean más sensibles a la agresividad o que las armas usadas como los botes de humo afectan los ojos y las vías respiratorias de los niños. “En la casa que estamos, de varios pisos, está reconstruida tras ser incendiada”. Al preguntarle por quién, fija los ojos en los visitantes y dice con obviedad: los soldados israelíes.

Ayuda mutua para mejorar sus vidas

La diáspora palestina es conocida por muchos símbolos. Entre ellos las llaves. Llaves de una casa que cerraron un día y que guardan esperando volver. “Cuando hablo con mis familiares de Betnateef se nos ponen los pelos de gallina. Los más mayores no pueden más que llorar al recordar”. Y es que lo que fue una ocupación temporal ya lleva más de seis décadas. Con esa sombra a cuesta, de una tierra, su tierra, que no sabe si volverán a pisar, se desarrolla la vida de los palestinos del campamento de refugiados de Aida. Un situación especialmente dura que se traduce en un 70% de desempleo según la UNRWA y una esperanza de mejora que merma en cada generación. Por eso, las mujeres de Noor quieren cambiar la estadística y buscan soluciones. De momento, han logrado algo muy grande: buscar esa mejora juntas.

Lo que en su momento, en el 2010, fue la reunión de tres o cuatro madres para ayudarse mutuamente se ha convertido en una organización con proyección internacional. El gobierno belga ha ayudado con la sala de rehabilitación y en estos siete años de vida ya han recibido la estancia de largo plazo de varias voluntarias procedentes de Brasil, Alemania o España. “Necesitaríamos sobre todo terapeutas, psicólogas y expertas en educación especial”, reclama Islam. Su hija Rua se apresura a recordarnos cosas básicas con las que contar en un campo de refugiados se torna difícil mes a mes: medicamentos especiales, material de terapia, pañales de adultos. “Es costoso tanto en disponibilidad como en precio. Es muy caro, todos los meses juntamos el dinero para comprar estos productos, pero muchas veces tenemos que acabar pidiendo ayuda”. A esto se une que muchas de ellas son viudas o divorciadas. En este último caso, reciben una pequeña pensión, aunque no porque las leyes obliguen a los ex maridos a apoyar la crianza de los niños, sino porque es una norma islámica.

Mujeres cocinando dulces en el campo de refugiados.

Mujeres cocinando dulces en el campo de refugiados.

Autofinanciación e independencia

Estas mujeres no se resignan a pedir donaciones y se ponen manos a la obra para lograr los fondos por sus propios medios. Para empezar, con los cursos de cocina que organiza. “Comenzamos enseñando a los hombres, hijos y maridos, a cocinar. Así el cuidado se reparte y es más llevadero para todos”, indica Islam, que nos recuerda que actualmente cualquiera que pase por Belén puede ponerse en contacto con ellas y aprender recetas de la comida tradicional palestina. En el caso de no tener tiempo, siempre se pueden llevar el libro de recetas que han editado bajo el sugerente título de Zaaki (‘delicioso’ en árabe). Otra de las formas que tienen para mejorar las instalaciones y los productos especiales que sus hijos necesitan es ofrecer alojamiento a extranjeros que quieran conocer de primera mano la realidad palestina. Por poco más de 15 euros (unos 75 NIS), quien lo solicite se puede alojar y tomar un desayuno típico de esta región. También se puede comer o cenar por 25 NIS, menos de seis euros.

Con la perspectiva de estos siete años de trabajo conjunto, las mujeres de Noor ponen sobre la mesa muchos logros. Para empezar, la visibilización de la discapacidad, tanto psíquica como la física. “Antes no salían de casa. Se encerraban en la familia y no se les mostraba en público. Ahora nos relacionamos y mostramos a la sociedad que son hijos maravillosos igual”, Islam dice sonriendo y mirando a Muhamad, mientras no para de hacer dulces rellenos de pasta de dátiles. Y esta ayuda también se ha ampliado a madres cuyos niños han sido afectados de forma directa por el estado de ocupación en el que viven. El proyecto se llama ‘Mothers Clubs’ y no es otra cosa que la forma de empoderar a las mujeres. El objetivo final de la asociación, nos confirma Islam: “Noor le ha cambiado la vida a muchas mujeres”.

Autor: lauralruiz

Periodista. Busco los matices que nunca aparecen en los medios convencionales y que, en la mayoría de los casos, son las verdaderas noticias.

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