El #MeToo de la Ciencia: Queremos más niñas astronautas y mujeres matemáticas

Publicado en El asombrario y Público.es

dims-590x377.jpgEl Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, que celebramos hoy, llega en un momento álgido de la lucha feminista. Se trata de un ámbito que no permanece ajeno a la discriminación salarial, la infravaloración de las mujeres, los ‘mansplaining’… El 39% del personal investigador en España son mujeres, ligeramente mejor que en Europa (33%). Queda mucho por hacer. Repasemos qué hay de nuevo bajo el Sol.

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Ninguna agresión sin respuesta

‘Ninguna agresión sin respuesta’. Esta frase se asocia a movimientos antifascistas que contrarestaban las palizas seleccionadas que grupos – porque nunca van solos- de nazis, xenófobos y racistas propinaban por las calles de las grandes ciudades con total impunidad. Luego se extendió a la defensa de otras víctimas, como las personas homosexuales, sin techo, drogodependientes o cualquiera que se saliera de la homogeneidad que quieren imponer. Se trataba de una respuesta ante la pasividad de la policía, la magistratura, la Administración, una necesidad de los ciudadanos de a pie que podrían recibir agresiones de esta escoria. Gentuza protegida por los poderes – muchas veces hijos de, otras grandes empresarios- y que una vez más disponían de la mejor arma: la impunidad.

imagesAhora, quienes usamos este eslogan somos las mujeres. Sí, así, sin más. Mujeres. Ninguna agresión sin respuesta. Por que estamos hartas que la violación sea el único delito en el que la víctima debe demostrar su inocencia frente a los agresores. Que siempre esté limitada la libertad de la víctima. Que se saquen a colación palabras como ‘provocación‘, ‘consentido‘ y ‘buscárselo‘. ¿Por qué juzgar a las víctimas? ¿Por qué tanta impunidad? Está claro que la falta de mecanismos judiciales o legislativos no es, el problema es que no se aplican. Si hay un parte de lesiones, ¿por qué la jueza que ha absuelto a los cinco detendios no pide un análisis forense de la víctima?

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Triple discriminación: mujer, inmigrante y empleada del hogar

Que las mujeres cobramos un 22% menos que los hombres por el mismo trabajo y con el mismo currículum es un hecho de sobra conocido. Que no se hace nada por evitarlo también. Que los inmigrantes tienen muchas más dificultades y trabas en la Administración, para lograr un trabajo digno e incluso para vivir como un ciudadanos más en determinadas localidades, también es un hecho conocido. Tampoco se hace nada por evitarlo. Pero hay una triple discriminación que una persona en los dos supuestos anteriores puede sufrir y que muchas veces ni ella misma reconoce.

Se trata del trabajo doméstico. Un sector que ni siquiera es reconocido como un trabajo en mayúsculas por la Administración. Pese al Nuevo Decreto 1620/2011, dónde se hace un esfuerzo por regular muchos puntos de la relación laboral entre empleador y empleada, sigue habiendo carencias que no sitúan a estas personas a la misma altura que cualquier trabajador. ¿Recordais aquellos básico de que ningún convenio debe establecer peores condiciones que el Estatuto de los Trabajadores? Pues en este empleo ni siquiera se reconoce eso. Hasta enero, no hacía falta un contrato escrito, no estaba garantizado el Salario Mínimo Interprofesional, ni las vacaciones retirbuídas, ni las pagas extras, ni los descansos de las epleadas interinas, ni las bajas, ni la cotización a la Seguridad Social. Este es uno de los puntos que mejor han quedado en la nueva legislación, pero es, a todas luces, insuficiente.

Una empleada doméstica en regla sigue sin derecho a la prestación por desempleo y, en caso de quiebra de los empeadores, no podrá recurrir al Fogasa. La cosa empeora ante el caso de que la trabajadora sea inmigrante. Para renovar el permiso de trabajo y residencia se le exige haber corizado ciertos meses (dependiendo del tiempo que lleve en el país) y estar contratada en el momento de la renovación. Aquí es dónde está la trampa: el contrato debe ser por 40 horas y sólo se admite uno. De sobra es conocido que en el empleo doméstico lo normal es trabajar por horas para varias casa, pero los señores de Extranjería no deben estar al tanto. Pero se pone la situación si la empleada pretender traer a su familia, ya que el mínimo de ingresos al mes que exigen para la reagrupación familiar sería difícil de conseguir hasta para un funcionario.

Y no hace falta que nos vayamos a extremos para ver que este trabajo está considerado inferior a otros. Mira el perfil de la mujer que limpia la escalera de tu comunidad, el trabajo que hacen las madres al volver del trabajo, lo invisible del trabajo de ciudadora. Sosteniendo la familia, sin reconocimiento alguno, sin autonomía económica. Sin duda, el desprestigio que arrojan sobre este trabajo no son casualidades históricas y culturales, sino una forma más de violencia machista.

Aprovecho para presentaros a la única asociación de empleadas del hogar que hay en Galicia, Xiara, y para animaros a participar en la que estamos construyendo en Coruña: empleadashogarcoruna@gmail.com

Un punto de inflexión en la igualdad

“Hace unos meses, en el Hoy por hoy de la Cadena Ser, pedimos a los oyentes que nos describiesen a mujeres pioneras con motivo del 8 de marzo. (..)De todas las historias que llegaron a la radio, hubo una especialmente conmovedora. Rosa nos confió la de su abuela Eladia, a quien su marido pegaba con frecuencia: ‘Mi abuela nació en 1898, en un pueblo castellano del interior, atrasadillo él. Mi abuelo tuvo, no sé cuantas veces, la feliz idea de pegar a mi abuela; ese día, por no sé qué tontería a la que ella se opuso. Le pegó y le dejó la cara marcada y los ojos morados… y ella, en el año 1920, se sentó en el umbral de la puerta y todo el que pasaba le preguntaba ¿qué te ha pasado?. Ya ves, que me ha pegado Anastasio y mira cómo me ha dejado. Así a cada vecino que pasaba. A mi abuelo, luego, en la calle, en el bar, en todos los sitios, le dijeron de todo menos bonito y le pusieron la cara tan colorada que no pegó nunca más a mi abuela”.

Es un fragmento de la introducción de Agrupémonos todas, un libro escrito por Isaías Lafuente en el que recoge historias de pioneras que hicieron que nuestro presente sea un poco más igualitario. Así nos recuerda por qué celebramos el 8 de marzo el Día Internacional de la Mujer -fecha conmemorativa del asesinato de 129 trabajadoras de Sirtwood Cotton de NY en 1908-, la extraña coincidencia con la Real Orden que permitía a las mujeres acceder sin trabas a la universidad -el mismo día de la tragedia, pero dos años después-, que los hombre tenían miedo a las ‘mujeres con falda’, a las chicas ‘pleiteadoras’ y a todas aquellas que querían ejercer profesiones de hombre.

Acceso a la educación, a la formación, al voto. Batallas que damos por ganadas, pero tenemos una realidad nada positiva. No hay una ley que prohíba a la mujer ser directiva, pero un techo de cristal -por no decir imposición social- se lo impide. No hay una ley que reduzca el salario de la mujer, pero en España seguimos cobrando un 22% menos que un hombre realizando el mismo trabajo. Hay normativas que penalizan el despido de una mujer por estar embarazada, pero hay un sinfín de parches legales que permiten al empresario hacerlo con la connivencia de tribunales y Gobierno.

No, no hemos llegado al Estado igualitario con el que soñaban esas pioneras y estamos  en un punto de inflexión en el que se debate si seguimos adelante o vamos hacia atrás. Esta crisis económica se está llevando por delante cientos de derechos y los de la mujer no están ni mucho menso más protegidos. Por eso, más que nunca este año es hora de salir a la calle el 8 de marzo. Contra la violencia machista, por nuestro derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, contra la comercialización de este, para no continuar a la sombra de la Historia y por nuestra independencia social y económica.

Actos en Galicia, en la web de la Marcha Mundial das Mulleres

Actos por el resto de España en Marea Violeta