Navidades sin un techo

Felices fiestas, desea el Ayuntamiento de la capital desde su web donde promocionan a bombo y platillo la Navidad en Madrid. Se los desea a los turistas rusos o coreanos, los que gastan dinero en la capital. Pero no lo hace a decenas de personas que sobreviven a sólo 14 kilómetros de Madrid. Los que siguen este blog supongo que ya saben que me refiero al poblado de infraviviendas de El Gallinero. Ellos recibieron la promesa de que no derribarían sus casas durante el invierno. Una promesa que tenía trampa, ya que el invierno no ha empieza hasta el 21 de diciembre pese a las bajas temperaturas.

OLYMPUS DIGITAL CAMERADurante el mes de diciembre han derribado una docena de viviendas, a menos de una semana de la Navidad, sin previo aviso y sin ofrecer alternativas de asilo. Medio centenar de personas sin techo. Sólo la solidaridad de sus vecinos les ha salvado de dormir en la calle, esos vecinos que tienen la ‘suerte‘ de seguir mal viviendo en chabolas que han construido ellos mismos. Que se incendian de vez en cuando por la precariedad de las instalaciones. O que se inunda. A las que a veces no llega el autobús escolar.

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La distancia entre la marginación y la delincuencia

A veces un kilómetro es mucha distancia. Y catorce no son nada. Un kilómetro separa el poblado chabolista de El Gallinero del de la Cañada Real Galeana. Y catorce, El Gallinero de la Puerta del Sol. Dos centros de extrema pobreza contrapuestos con la opulencia y el exceso turístico, pero a la vez muy diferentes entre ellos. El primero, El Gallinero, está compuesto por un centenar de familias gitanas rumanas. La mitad de sus casi 500 habitantes, son niños. Al otro lado, en la Cañada Real, todo un mundo. Hay casas de ladrillo, de madres, gente que ha pagado por su terreno, otros que no tienen ningún documento legal, unos que luchan contra el narco y otros que buscan su dosis. Sector por sector, como si de dimensiones diferentes se tratara.

El Gallinero
El Gallinero

Mientras en El Gallinero sólo hace falta la presencia de alguno de los voluntarios de la parroquia San Carlos Borromeo o Javi Baeza para dar un paseo tranquilo; en algunos sectores de la Cañada ni la policía quiere entrar. Es la marginación contra la delincuencia. Una violencia que muchas veces ejercen los toxicómanos ante una cámara claramente provocada por los señores de la droga, que cortan la abastecimiento de material según quieran o no aumentar los precios. Lo mismo ocurre como cuando la semana pasada arrestaron en una macro operación a uno de los jefes de la heroína, que el ambiente en los alrededores de la parroquia Santo Domingo de la Calzada se vuelve irrespirable.

Como habréis podido comprobar estoy hablando por experiencia propia. Una mañana de sábado en la que conocí a Elena, Paco o Paz –todos voluntarios-, pero también a Verónica, una chica de 15 años con dos hijos ya, o a Patricia, una niña de seis años que no hacía más que sonreír. Me explican quiénes son sus hermanos, dónde viven, cuál es su perro. Están ansiosos por ir de campamento en Semana Santa, por hacer preguntas a los extraños y por enseñarme las flores que nacen cerca de la basura. Las miradas de los mayores tampoco son de rechazo, algo que estaba convencida de que pasaría. Tras un cruce de miradas, sólo basta un ‘buenos días’ para que todo siga en calma. Los habitantes del poblado confían en los voluntarios y saben que todos quieren una vida mejor para ellos. Por eso han presentado de forma conjunta un plan.

El reportaje sobre el Gallinero en la Revista Rambla: http://goo.gl/UJUM1