El huerto tendrá que esperar

Aunque la finalidad de este blog es dar voz a las historias que no siempre aparecen en los medios de comunicación masivos, permítanme que haga protagonista de esta historia a los de mi sector: los periodistas. Es imposible hablar de injusticias, violaciones de derechos e ilegalidades sin hablar de esta profesión. No pretendo caer en el victimismo, porque somos muchos los que sospechamos que a la situación actual de precariedad se ha llegado, en parte, por el comportamiento de nuestros propios compañeros.

Fueron muchas veces en la redacción en las que desee dejar esto de escribir historias para dedicarme a ser jardinera o repostera. Cuando eran las nueve de la noche y había que cambiar toda la sección, cuando aparecía una decisión desde las altas esferas incomprendida desde las bajas, cuando no conseguías una entrevista o unas declaraciones después de horas de trabajo, cuando cancelabas la cena con tus amigos porque Obama ha abierto la boca.. Y un sin fin de situaciones en las que me hubiera gustado estar rodeada de plantas o harina antes que de teletipos.

Pero ahora que estoy más alejada de ellos de forma forzosa, más me resisto a cambiar de profesión. Aunque cierre ADN, aunque las empresas recorten primero del departamento de comunicación, aunque un diario de referencia para mi como Público entre en concurso de acreedores. Aunque solo quieran freelance, aunque utilicen becarios para cubrir puestos de redactores, aunque haya ofertas tan indignante como esta o esta. Y parodias que nunca fueron tan serias.

Pero sigo queriendo hablar de Derechos Humanos, de Igualdad, del Tercer Sector, de Integración, de Tecnología. Sigo queriendo hablar de las violaciones que se producen en Colombia, de la falsa realidad que nos llega de Iberoamérica, de los atropellos olvidados por la Historia occidental. Por eso lo hago modestamente desde este blog y teniendo grandes referentes. Como Otra América, como Agareso, como Periodismo Humano, como Cuarto Poder, como Diagonal, como tantos periodistas (no me puedo resistir a mencionar a David Jiménez) que buscan un hueco en estas páginas que difícilmente existe en sus medios.

Las dudosas intenciones humanitarias de Francia con los armenios

El miércoles pasado decidí aprovechar la tarde viendo algún de esos clásicos que tengo por casa a la espera de tener tiempo. De la colección de Elia Kazan me quedan muchos títulos que ver (y que volver a descubrir), pero por casualidad elegí ‘América, América‘. Para los que no conozcáis esta película, se trata de una retrospectiva de sus propios orígenes. Stavros, el tío del director, es un joven que sueña con la nueva vida que le ofrecerá Estados Unidos. Una historia relativamente común de la inmigración pero con un trasfondo histórico olvidado e ignorado por los europeos: Stravros quiere abandonar su Turquía natal para dejar atrás la represión de los musulmanes contra los armenios y la posición de ciudadano de segunda de su pueblo, el griego, en esa sociedad.

La casualidad hace que un día después de ver la película, Francia apruebe una ley que condena con multas y prisión a todo aquel que niegue el genocidio armenio de principios del siglo XX. Unos hechos que dejaron -según el muy conservador Gobierno Británico- más de 50.000 muertos, pero que se calculan que fueron muchas más las víctimas, más de un millón, las que murieron a causa de los ataques del Ejército otomano, asesinados por las milicias kurdas, por el exilio en medio de Anatolia, el hambre, las enfermedades y, sobretodo, el silencio de la comunidad internacional. Sólo el Ejercito Rojo intervino en el asedio a la ciudad armenia de Van, pero sus motivos ‘solidarios’ son más que discutibles.

A pesar de que tres altos mandos del Ejército fueron sentenciados por lo ocurrido, el Estado turco nunca reconoció el genocidio y aún hoy en día hablan de ‘lamentables excesos’. Aunque la República Armenia tiene una población de más de tres millones de habitantes, todavía viven más de 30.000 armenios en territorio turco y son muchos los que siguen en el exilio. En concreto más de 600.000 viven en Francia, lo que hace dudar de que la nueva ley gala tenga intenciones únicamente humanitarias y en favor de los derechos humanos. Por si alguien se despista, en primavera del próximo año hay elecciones presidenciales en Francia y nunca está demás hacer un guiño a una minoría tan importante. Erdogán, por su parte, recuerda la propia historia sangrienta de la patria francesa en Argelia.

Huyendo del titular hecho en los desastres humanitarios

El titular que estaba buscando ha llegado antes de lo que espera después de que la tormenta tropical Washi arrasara el sur de Filipinas: “Preparan fosas comunes para enterrar a las víctimas de las inundaciones”. Hemos oído esta frase muchas veces cuando un terremoto, un huracán o una crecida de agua deja cientos o miles de muertos. En este caso, con 700 víctimas mortales confirmadas y más de 800 deaparecidos, está muy bien explicado por EFE para el Diario de Navarra: el motivo de no acudir al entierro individual -algo que ayuda a superar el trauma a los supervivientes- se debe a la incapacidad logística y a la imposibilidad de identificar los cadáveres por el avanzado estado de descomposición.

Pero como en el caso de Haití o el tsunami de Indonesia, muchas veces se oye eso de “enterramientos masivos por miedo a las epidemias”. Tal y como comentó el epidemiologo Javier Arcos en el seminario de RTVE y SEMHU sobre cobertura mediática de los desastres humanitarios “los cadáveres no producen enfermedades si antes no las tenían”. En el terrible seísmo haitiano se vio perfectamente. Las ONG extranjeras corrió por enterrar a las víctimas en fosas comunes para que los periodistas dejaran de retratar cadáveres por todas las calles de Puerto Príncipe. Pero el letal brote de cólera -que ya se ha cobrado más de 7.000 muertos- llegó después, con los cascos azúles de la ONU. Una enfermedad presente en Indonesia antes del desastre y que apenas tuvo efectos en la salud de los supervivientes del tsunami.

Situándonos de nuevo en Filipinas, vemos -segun la OMS- que no existe ninguna enfermedad endémica en las islas, exceptuando algunos brotes de dengue. Los médicos cooperantes insisten en que aunque también hay casos registrados de malaria o tuberculosis en la zona, con una prestación sanitaria eficiente a los supervivientes ninguna enfermedad debería propagarse. Ni las epidemias son culpa de los muertos, ni con enterramientos masivos se evitan los brotes. Que nos quede claro a los periodistas, porque nunca sabes cuándo te van a mandar al nuevo desastre de moda.

En el mismo seminario, Pablo Yuste,  Director en Agencia Española de Cooperacion Internacional para el Desarrollo, decía abiertamente que muchas veces gana el peso mediático al técnico: “Vende más la foto de los bomberos extranjeros salvando a un niño, pero el 90% de los supervivientes son rescatados por vecinos y familiares”. Por eso aprovecho estas líneas para dejar claro que en cualquier intervención humanitaria debemos valorar que los locales son los que saben qué hacer, que es mejor dotarles a ellos de recursos que llevar equipos ajenos y que para ayudar a los supervivientes lo importante es respetar la cultura local. También desde los medios.

La falsa bicefalia y los derechos humanos

El próximo sábado, 10 de diciembre, se cumplen 63 años desde que la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de Derechos Humanos. Un documento que durante todo este tiempo ha sido pisoteado por regímenes, gobiernos y dictadores y que actualmente lo siguen haciendo con el amparo -ya sea por omisión o inactividad- de las demás naciones ‘libres’. Lo que pretendo con este post es centrarme en un Estado que si no estuviera en Europa llamaríamos fallido, ya que no es capaz de suministrar servicios básicos a sus ciudadanos y donde las mafias están socavando el control de las decisiones políticas, del uso de las fuerzas del orden y está erosionando la autoridad legítima en la toma de decisiones.

Me refiero, para sorpresa de muchos, a Rusia. Seguro que alguien se sorprende de esta afirmación y no le culpo. Cuando los medios de comunicación tradicionales hablan de conflictos, violaciones de derechos humanos y ‘ataques a la Democracia’, rara vez se acercan a nuestras fronteras. Libia, China, Birmania, Somalia, Argelia, Corea del Norte, etcétera. Alguna vez se mete en el montón a Venezuela, Cuba, México o Marruecos, pero nunca a EE UU, Israel o Rusia.

En este último acaban de celebrar unas elecciones donde se han denunciado irregularidades electorales de tal magnitud como movimientos de votantes en autobuses, papeletas falsas o coacciones. Aún así, los medios occidentales han comentado la victoria ‘ajustada’ de Putin-Medvedev, dejando de lado la imposibilidad de hacer oposición o los obstáculos de los observadores internacionales para verificar la limpieza de las elecciones.

Pero las cifras son escalofriantes: centenares de ciudadanos opositores detenidos sin cargo alguno, imposibilidad de manifestarse en la calle, arrestos entre las ONG que piden transparencia al Gobierno… Al menos cuatro de los derechos recogidos por la Carta Universal -del 18 al 21- eliminados de un plumazo por una falsa bicefalia de un Ejecutivo corrupto. Y eso que no entramos en valorar casos como el de Chechenia, Ingushetia o el asesinato de Anna Politkovskaya.

Para colmo, los estudios sociales resaltan que la Democracia y los Derechos Humanos son dos de los asuntos que menos preocupan a los rusos. Pero en la UE preocupan menos, así que todos tranquilos.

El Valedor do Pobo hace magia

¿Te imaginas pagar tus facturas con un 40% del presupuesto y que te sigan saliendo las cuentas? Imposible, ¿no? Eso es lo que me propone -a mí y a la Coordinadora Galega de ONGD– el Valedor do Pobo en respuesta a la denuncia que esta agrupación de asociaciones de cooperación y miles de personas hicimos cuando el Gobierno gallego decidió recortar en un 40% los fondos destinados a proyectos de desarrollo en el exterior. Como siempre, la respuesta llega tarde. Muy tarde.

Los presupuestos, que se anunciaron en julio, contradecían lo anunciado por el propio ejecutivo de Feijóo en el II Plan Director de Cooperación Gallega 2010-2013, cuyo objetivo era ir aumentando año tras años los fondos destinados a acabar con la pobreza y potenciar el desarrollo de los países más desfavorecidos. Más aún el Pacto Galego contra a Pobreza, que quería alcanzar el 0’7% en 2017. Buenas intenciones que no duraron ni un solo ejercicio, ya que el mismo año la Xunta no sólo no aumentó el importe sino que recortó un 18% el presupuesto. Esto, unido a la supresión de partidas, suma más de un 40% dinero menos para todos los proyectos a poner en marcha y los que ya lo estaban.

Es ahí cuando llega lo más sorprendente de la respuesta del Valedor do Pobo ante la denuncia de la Coordinadora. Esta institución -que en teoría defiende a ciudadanos de abusos gubernamentales- asegura que es “legítimo” y está “plenamente respaldado por la ley” que el Gobierno gallego incumpla su promesa y que esta decisión no afecta al “compromiso” del Ejecutivo autonómico del PP con la cooperación al desarrollo. Para justificar esta afirmación, el Valedor do Pobo despliega bolsas, convenios y subvenciones para demostrar que la reducción drástica de los fondos no perjudica a los proyectos a realizar.

No va a faltar dinero para los acuerdos alcanzado, pero hay un 40% menos del dinero acordado. Con un 60% del dinero, van a seguir financiando el 100% de los proyectos. Lo mires como se mire, solo se me ocurren dos opciones: O había más dinero del que se concedía o alguien miente y se verá afectado el compromiso para reducir la pobreza que todos los partidos políticos firmaron. Las ONGD nos lo contarán en su próximo resumen de cuentas, porque aquí sí encontrarás transparencia.