Un aviso a los jueces incómodos

Todo sabemos lo peligroso que es investigar a ciertas personas en Colombia, ya que cada año son decenas los juristas, abogados y periodistas que mueren asesinados o se ven obligados a exiliarse si quieren salvar su vida. Otros casos de corrupción, dónde los jueces son simple moneda de cambio, agentes en venta, salpica numerosos países que sólo de vez en cuando aparecen en nuestros medios. Pero mirando más de cerca resulta que esta realidad no está tan alejada de la nuestra.

En Rusia, los magistrados están en el punto de mira de organizaciones mafiosas y del propio Estado, que controla cualquier caso contra opositores. En Hungría uno de los puntos que tiene que cambiar el Gobierno si quiere tener a la UE contenta es el relacionado con la titularidad del Tribunal Supremo, dispuesto para que el Ejecutivo se deshaga de los jueces incómodos. Y en España, ¿Justicia independiente e imparcial?

Desde luego, no. El sistema español lleva semanas en el punto de mira de las organizaciones internacionales que velan por los Derechos Humanos, de los medios de comunicación de medio mundo y de esa visión de las dos Españas, que cada ve se demuestra más que la herida nunca se cerró. Una herida que sólo puede cicatrizar si se hace justicia con las víctimas, se lucha contra la impunidad y se recuerda para que nunca vuelva a pasar.

Eso y nada más que eso reclaman las asociaciones de la Memoria Histórica, los familiares de los exiliados, de los desaparecidos, de los repudiados, de los niños robados, de los que desde fuera sufrieron también una dictadura y de los que sufren el mal del olvido. Y eso es lo que estaba haciendo el juez Garzón cuando instruyó la causa por la que ahora se le juzga. Un pulso con la impunidad del asesinato y la corrupción que desde aquí denuncio junto a Amnistía Internacional o otras tantas personas que queremos creer en la justicia. Porque no se defiende a un magistrado con afán de ser estrella –y otros tantos incompetentes-, sino la posibilidad de que este juicio sea un escarmiento y un aviso a todos esos magistrados que algún día podrían llegar a ser incómodos.

Un ejemplo sacado de un naufragio

El domingo por la mañana leí el artículo sobre el naufragio del crucero Costa Concordia en El País. Hasta entonces sólo me había planteado cómo puede un barco chocar contra unas rocas en el Mediterráneo y, sobretodo, cómo puede ser tan deficiente la evacuación para acabar con víctimas mortales. Pero entonces el texto de Pablo Ordaz me abrió los ojos a una realidad muy particular de la tragedia: la situación de la familia Tomás. Ellos eran los únicos de los 178 españoles que viajaban en el crucero que habían denunciado la desaparición de uno de sus miembros en el naufragio.

Se trataba del tío Guillermo. Una persona de 68 años con una discapacidad psíquica. Era tan dependiente como los cuatro niños que viajaban en el grupo familiar. Eso no era excusa para dejarlo aparcado en una residencia en vacaciones e iba con ellos a todos los viajes. Desgraciadamente, su desaparición no fue porque el tío Guillermo se desorientara y no supiera decir, una vez rescatado, quién era. Su sobrino respondía a Rne que estaban seguros de que uno de los cuerpos encontrados sin vida era el suyo, porque llevaba una placa identificativa.

A pesar del fatal desenlace, los Tomás pueden estar más que orgullosos de sus decisiones. No conozco el día día de la familia, pero estoy segura que el tío Guillermo vivió como uno más, disfrutó de todo su cariño y nunca se sintió una carga. Un sentimiento que sí que comparten muchos de los discapacitados y ancianos que actualmente están en residencias o viven solos sin la visita de ningún hijo o nieto.

Y hay otros que tienen peor suerte incluso. El Centro Reina Sofía desvelaba hace poco los datos del maltrato sobre ancianos: 60.000 cada año. Y esto son solo los reconocidos, ya que el ámbito de los abusos no se produce sólo en residencias ilegales o centros de día sin licencia, si no en el entorno familia. Hijos, nietos, sobrinos que maltratan psicológicamente, físicamente, que se aprovechan económicamente de los ya indefensos y que muchas veces acaba en su muerte sin que nadie lo investigue. La violencia más ignorada – como alerta Carmen Magallón en las páginas de Público– que aunque sólo fuera por egoísmo, ya que todos seremos ancianos alguna vez, deberíamos denunciar y hacerla desaparecer.

El huerto tendrá que esperar

Aunque la finalidad de este blog es dar voz a las historias que no siempre aparecen en los medios de comunicación masivos, permítanme que haga protagonista de esta historia a los de mi sector: los periodistas. Es imposible hablar de injusticias, violaciones de derechos e ilegalidades sin hablar de esta profesión. No pretendo caer en el victimismo, porque somos muchos los que sospechamos que a la situación actual de precariedad se ha llegado, en parte, por el comportamiento de nuestros propios compañeros.

Fueron muchas veces en la redacción en las que desee dejar esto de escribir historias para dedicarme a ser jardinera o repostera. Cuando eran las nueve de la noche y había que cambiar toda la sección, cuando aparecía una decisión desde las altas esferas incomprendida desde las bajas, cuando no conseguías una entrevista o unas declaraciones después de horas de trabajo, cuando cancelabas la cena con tus amigos porque Obama ha abierto la boca.. Y un sin fin de situaciones en las que me hubiera gustado estar rodeada de plantas o harina antes que de teletipos.

Pero ahora que estoy más alejada de ellos de forma forzosa, más me resisto a cambiar de profesión. Aunque cierre ADN, aunque las empresas recorten primero del departamento de comunicación, aunque un diario de referencia para mi como Público entre en concurso de acreedores. Aunque solo quieran freelance, aunque utilicen becarios para cubrir puestos de redactores, aunque haya ofertas tan indignante como esta o esta. Y parodias que nunca fueron tan serias.

Pero sigo queriendo hablar de Derechos Humanos, de Igualdad, del Tercer Sector, de Integración, de Tecnología. Sigo queriendo hablar de las violaciones que se producen en Colombia, de la falsa realidad que nos llega de Iberoamérica, de los atropellos olvidados por la Historia occidental. Por eso lo hago modestamente desde este blog y teniendo grandes referentes. Como Otra América, como Agareso, como Periodismo Humano, como Cuarto Poder, como Diagonal, como tantos periodistas (no me puedo resistir a mencionar a David Jiménez) que buscan un hueco en estas páginas que difícilmente existe en sus medios.

Las dudosas intenciones humanitarias de Francia con los armenios

El miércoles pasado decidí aprovechar la tarde viendo algún de esos clásicos que tengo por casa a la espera de tener tiempo. De la colección de Elia Kazan me quedan muchos títulos que ver (y que volver a descubrir), pero por casualidad elegí ‘América, América‘. Para los que no conozcáis esta película, se trata de una retrospectiva de sus propios orígenes. Stavros, el tío del director, es un joven que sueña con la nueva vida que le ofrecerá Estados Unidos. Una historia relativamente común de la inmigración pero con un trasfondo histórico olvidado e ignorado por los europeos: Stravros quiere abandonar su Turquía natal para dejar atrás la represión de los musulmanes contra los armenios y la posición de ciudadano de segunda de su pueblo, el griego, en esa sociedad.

La casualidad hace que un día después de ver la película, Francia apruebe una ley que condena con multas y prisión a todo aquel que niegue el genocidio armenio de principios del siglo XX. Unos hechos que dejaron -según el muy conservador Gobierno Británico- más de 50.000 muertos, pero que se calculan que fueron muchas más las víctimas, más de un millón, las que murieron a causa de los ataques del Ejército otomano, asesinados por las milicias kurdas, por el exilio en medio de Anatolia, el hambre, las enfermedades y, sobretodo, el silencio de la comunidad internacional. Sólo el Ejercito Rojo intervino en el asedio a la ciudad armenia de Van, pero sus motivos ‘solidarios’ son más que discutibles.

A pesar de que tres altos mandos del Ejército fueron sentenciados por lo ocurrido, el Estado turco nunca reconoció el genocidio y aún hoy en día hablan de ‘lamentables excesos’. Aunque la República Armenia tiene una población de más de tres millones de habitantes, todavía viven más de 30.000 armenios en territorio turco y son muchos los que siguen en el exilio. En concreto más de 600.000 viven en Francia, lo que hace dudar de que la nueva ley gala tenga intenciones únicamente humanitarias y en favor de los derechos humanos. Por si alguien se despista, en primavera del próximo año hay elecciones presidenciales en Francia y nunca está demás hacer un guiño a una minoría tan importante. Erdogán, por su parte, recuerda la propia historia sangrienta de la patria francesa en Argelia.

Huyendo del titular hecho en los desastres humanitarios

El titular que estaba buscando ha llegado antes de lo que espera después de que la tormenta tropical Washi arrasara el sur de Filipinas: “Preparan fosas comunes para enterrar a las víctimas de las inundaciones”. Hemos oído esta frase muchas veces cuando un terremoto, un huracán o una crecida de agua deja cientos o miles de muertos. En este caso, con 700 víctimas mortales confirmadas y más de 800 deaparecidos, está muy bien explicado por EFE para el Diario de Navarra: el motivo de no acudir al entierro individual -algo que ayuda a superar el trauma a los supervivientes- se debe a la incapacidad logística y a la imposibilidad de identificar los cadáveres por el avanzado estado de descomposición.

Pero como en el caso de Haití o el tsunami de Indonesia, muchas veces se oye eso de “enterramientos masivos por miedo a las epidemias”. Tal y como comentó el epidemiologo Javier Arcos en el seminario de RTVE y SEMHU sobre cobertura mediática de los desastres humanitarios “los cadáveres no producen enfermedades si antes no las tenían”. En el terrible seísmo haitiano se vio perfectamente. Las ONG extranjeras corrió por enterrar a las víctimas en fosas comunes para que los periodistas dejaran de retratar cadáveres por todas las calles de Puerto Príncipe. Pero el letal brote de cólera -que ya se ha cobrado más de 7.000 muertos- llegó después, con los cascos azúles de la ONU. Una enfermedad presente en Indonesia antes del desastre y que apenas tuvo efectos en la salud de los supervivientes del tsunami.

Situándonos de nuevo en Filipinas, vemos -segun la OMS- que no existe ninguna enfermedad endémica en las islas, exceptuando algunos brotes de dengue. Los médicos cooperantes insisten en que aunque también hay casos registrados de malaria o tuberculosis en la zona, con una prestación sanitaria eficiente a los supervivientes ninguna enfermedad debería propagarse. Ni las epidemias son culpa de los muertos, ni con enterramientos masivos se evitan los brotes. Que nos quede claro a los periodistas, porque nunca sabes cuándo te van a mandar al nuevo desastre de moda.

En el mismo seminario, Pablo Yuste,  Director en Agencia Española de Cooperacion Internacional para el Desarrollo, decía abiertamente que muchas veces gana el peso mediático al técnico: “Vende más la foto de los bomberos extranjeros salvando a un niño, pero el 90% de los supervivientes son rescatados por vecinos y familiares”. Por eso aprovecho estas líneas para dejar claro que en cualquier intervención humanitaria debemos valorar que los locales son los que saben qué hacer, que es mejor dotarles a ellos de recursos que llevar equipos ajenos y que para ayudar a los supervivientes lo importante es respetar la cultura local. También desde los medios.