Las chocitas y chiringuitos machistas que no hacen gracia

Publicado en El Salto

La polémica por la falta de cómicas en la programación de una sala de monólogos madrileña y su falta de justificación desvelan que la desigualdad está muy presente en muchos ámbitos de la cultura y la vida en España.

“La vida es la puñetera Chocita del puto Loro todo el rato”, decía en sus redes sociales Isa Calderón, cómica y creadora junto a Lucía Lijtmaer del espacio humorístico Deforme Semanal, a raíz de la polémica que ha surgido estos días con las declaraciones de los responsables de la sala La chocita del loro. Y es que no es más que otro episodio de cómo el machismo intenta justificar y conservar los privilegios en un ámbito como el humor. Más allá de que hablar de si las mujeres tienen gracia o no, o qué es un nicho o una etiqueta como la de ‘humor feminista’, se analiza a qué clavos ardiendo se agarra una parte de la industria para que la chocita, o el negocio, siga en manos de unos pocos.

Si primero su directora de programación justificaba que frente a 26 hombres contratados solo hubiera una mujer porque era “difícil” encontrar cómicas que no hicieran humor “de víctima o muy feminista”, su gerente lo empeoró diciendo que las humoristas “no acaban de cuajar porque no atraen gente, quizás sea por nuestro tipo de público”.

“Le han intentado cargar el muerto al público”, responde Paula Púa, humorista de stand-up y colaboradora en programas como Felices Veinte (Orange) o Tarde lo que tarde (RNE). “Mucho del público que va a la Chocita del Loro tiene abono de teatro y no saben ni lo que van a ver de antemano. No lo has hecho por tu público, lo has hecho porque eres un machista”, concluye y asegura que “la única diferencia con el resto de situaciones machistas es que la Chocita lo ha dicho como si estuviera bien”.

De una manera similar opina la cómica Silvia Sparks, que hace tiempo actuó en uno de los locales de esta sala madrileña. “Yo fui con mi humor negro y hasta las señoras de 50 años con pinta de votar a Vox se rieron”, comenta. “La Chocita perdió mucho talento cuando bajó los sueldos hace un par de años, lo que demuestra que su criterio de contratación no es el de risas por minuto”, opina en referencia a uno de los argumentos que desde la sala han dado para no contratar más cómicas.

“Yo creo que lo que miden realmente son los prejuicios por minutos, seguro que salen más que risas por minuto”, asegura la humorista y mujer trans Elsa Ruiz. Ella, igual que Sparks, también actuó en su momento en esta sala madrileña, aunque indica que fue en el contexto del mes del Orgullo y junto a otros dos compañeros hombres. “Si fui suficientemente buena para colaborar con dos hombres ¿por qué no lo fui para colaborar yo sola?”, se pregunta. “Está claro —opina Sparks— que si su criterio de contratación fuera para lograr beneficios, contratarían a gente mejor, que atraen más público, y entre ellas están las mujeres claro”.

‘Yo no contrato tías’

En esta polémica hay algunos de los cómicos del cartel que han anunciado que no continuarán actuando en la ‘Chocita’. Es el caso de  Jaime Caravaca, quien también trabaja en programas de éxito como La Resistencia. “No criticamos a quienes trabajan en la Chocita, porque muchas veces trabajas donde puedes, es una crítica a quien programa o justifica la exclusión”, insiste Elsa Ruiz, que quiere dejar claro que más que criticar a sus compañeros y a la única cómica del cartel, les aplaude por  “estar ahí y más con la gestión con prejuicios que han demostrado y que tienen que soportar”.

Algo que desmonta la teoría de la cultura de la cancelación que muchas veces argumentan los grupos más reaccionarios. “Siempre aluden a eso y me pregunto ¿cómo les arruinamos la vida al denunciar su machismo? Mira a Antonio Castelo, que sigue trabajando, o Plácido Domingo y sus ocho minutos de aplausos”, ejemplifica la periodista, feminista y cómica Nerea Pérez de las Heras.

Más que política de la cancelación, lo que ha hecho mucho daño es el silencio. “Con la excusa de que es humor y el personaje no es la persona, nos hemos comido mucha mierda”, asegura Paula Púa. Y es que solo a raíz de estas declaraciones se están conociendo casos de discriminación por género en La Chocita del Loro, como el que denuncia la cómica Patricia Sornosa en Twitter. “Hace años me presenté al concurso de comedia de La Chocita. Hace poco uno de los miembros del jurado me confesó que lo gané pero que los dueños se negaron, presionaron al jurado y modificaron el resultado. Me dieron el segundo premio. Me presentaré dentro de dos años a ver…”, explica la humorista, actriz y dramaturga española. “A mí me han dicho la frase ‘yo no contrato tías’”, confirma su colega Sparks aunque en referencia a otras salas. “No es meritocracia, es machismo puro y duro”, sentencia Elsa Ruiz.

‘Sold out’ y veteranas que siempre serán amateurs

Sornosa en su tuit hace referencia a otras de las ‘justificaciones’ que dio el gerente de la sala ante la polémica, asegurando que a las mujeres les faltan “uno o dos años” para hacer buen humor. “Que les falta uno o dos años a todas las comicas? Silvia Abril, Yolanda Ramos, Ana Morgade, ¿también les falta un año?”, reacciona Ruiz.

“No dejas de ser amateur cuando eres mujer —reclama Pérez de las Heras— por muchos años que lleves, aunque llenes teatros o seas el programa con más audiencia. Sigues siendo nicho”. Una reivindicación que comparte Elsa Ruiz, que se pregunta “cómo vamos a pensar que lo que es suficiente bueno para el Palacio de la Prensa, donde se llevan a cabo espectáculos como Deforme Semanal, no lo es para la Chocita. ¿De qué criterio nos fiamos? Del de esta sala o del de Buenafuente, por ejemplo, que tiene en su programa a Eva Soriano”, ejemplifica Ruiz.

Paula Púa recuerda que las actrices Toni Acosta y Silvia Abril iniciaron recientemente un podcast en tono de humor pero antes se preguntaron a quién le iba a interesar los que digan dos tías. “Es algo que jamás se le diría a Buenafuente o Berto Romero”, comenta, que además su programa Nadie sabe nada está por detrás de Estirando el chicle en el ranking de más escuchados. Un programa de Carolina Iglesias y Victoria Martín que podría ser tachado por los más reaccionarios como ‘de chicas’ pero que se mantiene como el número uno absoluto de Spotify.

No solo eso, sino que programas como Estirando el chicleDeforme semanal Martita de Graná consiguen agotar las entradas para sus directos en horas o días. Lo mismo ocurre con el espectáculo de Nerea Pérez de las Heras Feminismo para torpes que tras 40 actuaciones se sigue representando. “Pensamos en parar pero sacamos nuevas fechas y vuelve a llenarse el teatro. Eso significa que no es nicho, ni marginal, ni apela a cuatro personas”, confirma la cómica.

“Creo que esta mentalidad arcaica de los programadores responde a una realidad económica, que no voy a negar que está ahí pero ha ido cambiando en el tiempo”, reflexiona Sparks. Una evolución que desde algunos lugares no parece que se esté produciendo, afirma Elsa Ruiz, que bromea diciendo que “no sabía que la Chocita tenía un acuerdo con el Delorean para atraer público del siglo XVII, que tendría que ser la Chocita del Pterodáctilo”.

Censura y lo políticamente correcto

Además del argumento de que el humor hecho por mujeres no vende, hay otros como el de lo políticamente correcto o que lo universal solo es la experiencia del hombre. La cómica e ilustradora Elsa Ruiz opina que, si desde la Chocita están diciendo que no quieren humor “de víctimas o demasiado feminista”, igual puede sonar a censura. “¿Censura yo? Toda. Me han dicho que no hable del rey, de pederastia o de la derecha”, comenta divertida Silvia Sparks, quien a su humor negro lo etiqueta como “para después de cenar”. “La comedia —continúa— funciona a través de los universales, los puntos de conexión, y si la mentalidad que venden como la que impera es la masculina patriarcal lo demás se entiende como algo marginal. Pero lo que ha sucedido es que la igualdad ha ido avanzando y la mujer está avanzando a su espacio. Si el 90% del humor se hace desde la desgracia propia, lo que realmente están diciendo en estas declaraciones es ‘no te quejes de lo tuyo ni reivindiques lo que te pasa, mujer’”.

Algo similar ha percibido su colega Paula Púa: “Siempre noto que cuando una mujer habla de sexo, siempre dejan comentarios de ‘otra cómica que se cree empoderada y habla otra vez de lo mismo’ y es algo que nunca pasa por hombres”.

“¿Por qué cuando Bob Pop o Buenafuente hacen un monólogo reivindicativo nadie dice que es un sermón, pero cuando lo hace una mujer sobre la violencia o algo que le ocurre, sí?”, se pregunta en la misma línea Pérez de las Heras. Detrás de ello está, opinan las cómicas, que el referente de lo universal es lo masculino de nuevo. “Ya no cuela que lo suyo sea lo mainstream, igual lo específico es lo de ellos”, explica y narra que se lo comentó a un amigo y este nunca se había parado a pensar que por qué de un chiste sobre empalmarse se reían tanto hombres como mujeres pero no de un chiste sobre la endometriosis o los pedos vaginales. “Esto no pasa solo en la comedia —hila Púa—. Yo crecí viendo películas o novelas en las que te sentías identificado con el protagonista, aunque sea un hombre, pero al revés no pasa. Lo mismo con los monólogos”.

Diversidad en las calles, pero no en los escenarios

“Todos sabemos que los chistes de las suegras son de muy de los 2000”, bromea Púa. “Seguro que hay gente que le sigue gustando, pero está muy usado. Es muy previsible y no hace gracia. Como consumidora agradezco mucho que haya otras perspectiva”. Lo mismo opina Sparks: “El humor es una evolución, tienes que dejar que madure, que cambie y que se quiten capas de la cebolla. Hay monologuistas muy buenos porque tienen 20 años de experiencia, porque vienen de otros formatos como los guionistas, o porque tienen acceso a otras plataformas. En México se están haciendo chistes que se hacían aquí hace diez años. Hay salas que se han quedado atascadas pero hay muchos otros shows muy buenos”.

Una evolución que no solo es del formato o de las temáticas para hacer humor. Es una evolución hacia la diversidad que se percibe en las calles, pero parece que algunos programadores no quieren que se vea en sus escenarios. Porque no solamente es que no se contrate a mujeres o no se hable de temas considerados femeninos, es que también es difícil encontrar el humor hecho por cómicos homosexuales como Ger —alias ‘tu mamarracha de confianza’— o racializado como Asaari Bibang. O el de las mujeres trans. “Ya hacía monólogos antes de mi transición —explica Elsa Ruiz— y he tenido la mejor acogida posible. Me avisaron de que vendrían muchas cosas fuera, pero también de que no estaría sola”.

Y es que esa red de cómicas que se invitan las unas a los programas de las otras es la reacción para acabar con la endogamia de la masculinidad tóxica en el humor. “Está dejando de serlo. Nos hemos creado una escena propia, con público masivo, con mujeres y hombres, y con conciencia de intenciones comunes”, comenta Nerea Pérez de las Heras que asegura que ese ‘auparse las unas a las otras’ es lo contrario al “el pacto interclasista entre varones”. Por eso está muy segura al afirmar que no podrá volver a ser lo mismo ya que “el chiringuito que se habían montado se está acabando”.

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