De Juana de Arco a la revolución del pantalón: mujeres que tuvieron que vestirse de hombres para tener una vida

Publicado en Público.es

Un repaso por la historia de las mujeres que tuvieron que vestirse o hacerse pasar por hombres para lograr sus derechos, poder estudiar o, simplemente, sobrevivir, nos hace ver que la tiranía machista de la ropa todavía sigue vigente hoy día.

Cuadro donde aparece retratada Juana de Arco.
Cuadro donde aparece retratada Juana de Arco.

Desde mujeres soldados a mujeres en la mar, pasando por científicas o artistas. Son muchas las mujeres que a lo largo de su historia han tenido que ponerse ropas de hombre o incluso cambiar su identidad para ser leídas como tales. ¿Los motivos? Tan variados como ellas: desde sobrevivir, a poder trabajar, estudiar, tener independencia económica hasta cumplir sus sueños de viajar o, simplemente, ser valoradas. En este repaso histórico se adentra la periodista y divulgadora Laura Manzanera en Insumisas, un libro con prólogo de Cristina Fallarás que va de mucho más que de ropajes, ya que detrás de cada historia hay un relato de violencia patriarcal. “Motivos hay muchos. Desde las que huían del convento o de la prostitución, a las que huían de un marido maltratador, las que querían salir de la miseria o directamente salvar su vida”, relata la autora.

Manzanera también hace hueco en este repaso, entre personas conocidas como Juana de Arco vestida de soldado para combatir ante la llamada de Dios o Concepción Arenal para ir a la universidad. “Algunas fueron descubiertas, otras cambiaron su identidad solo por un tiempo y otras se llevaron el secreto a la tumba”, explica, e indica que en algunos casos se supo su verdadero género post mortem y de otras muchas pasado a posteridad como hombres.

Todas ellas compartían un mismo motivo: la ropa de hombres les permitía hacer o entrar en círculos que el rol femenino no permitía. “Somos por lo que se nos reconoce como seres sociales, por lo que al ser leído como hombres, aunque fuera solo por la ropa, te ubican en el lado de los derechos“, explica la doctora en sociología Beatriz Ranea y autora de Desarmar la masculinidad. “Ese veto -continúa- a las mujeres en los espacios de poder y en muchos otros más, como educativos o intelectuales, las llevaba a una búsqueda para ser leídas como la norma”. Y muchas lo lograron. 

Es el caso de Catalina de Erauso, conocida como “la monja alférez”. Ella burló las miradas masculinas durante años y eso que, como comenta Manzanera, el campo de batalla era uno de los lugares más difíciles para hacerse pasar por hombre al ser heridas. No se sabe si por miedo a Dios o a la pena capital -a la que se enfrentaban las mujeres por hacerse pasar por hombres- acabó confesando. “No eran juzgadas por vestir como ellos, si no por quitarles parte de su parcela, de su poder, se sentían agredidos”, explica la autora de Insumisas, que pone el foco en especial en todas esas mujeres que vivieron su doble identidad en la más absoluta de las soledades.

¿Cuándo la ropa significó género?

“La ropa es un elemento cultural y va cambiando”, explica Ranea, que indica que el cuerpo empezó a servir como gran diferencial entre hombres y mujeres, aunque no siempre hubiera sido así. “Cuando llegó la modernidad, toda la construcción de género empezó a basarse con el cuerpo. Con la ropa presentamos el cuerpos y muchos elementos están vinculados al género, a la clase social y otros ejes”, explica. La también socióloga Patricia Soley-Beltrán señala que “vestirse de hombre potencialmente desexualiza y te empodera, te da más libertad de movimiento y te da otra imagen hacia afuera”. Ella pone de ejemplo cómo la ropa de trabajo surge de los patrones masculinos, con el traje chaqueta de oficina. “Es una prenda que no solo imita al de los hombres, si no que esconde el cuerpo de la mujer, destacando los hombros”, explica Beltrán, que insiste en que incluso en algunos entornos sigue habiendo ropa específicamente de hombre y otra de mujeres. “Recordemos que en el mundo judicial o de la abogacía en Reino Unido las mujeres deben llevar falda”, comenta la socióloga y exmodelo autora de Divinas.Cristina de Suecia, al nacer con rasgos considerados masculinos, tuvo más probabilidades de subir al trono

Este uso, los pantalones como ropa de trabajo, se sigue exigiendo por muchas mujeres en el mundo -como las azafatas- pero en su momento fue una buena razón para dejar que las féminas lo usaran. Es el caso de Francia, donde por motivos de salud daban un permiso de travestismo. Como el que logró Rosa Bonheur. “Esta pintora aludió que tenía que ir mucho a granjas y mataderos y que necesitaba pantalones. A ella se lo dieron, era lesbiana, con ademanes masculinos y logró algo único que era vestirse como quisiera”, explica Manzanera. Ella misma exclama que hay tanto motivos para travestirse que incluso llegan a nuestros días. Como el caso de la DJ Tatiana Álvarez, que mantuvo una identidad masculina para que su trabajo fuera valorado por algo más que su estética.

Lo mismo ocurre con las jugadoras de videojuegos online -que pueden elegir un nombre o un personaje no identificado con la feminidad para evitar ataques machistas- o las mujeres en situación de calle, que se protegen de la violencia sexual no siendo visiblemente mujeres. “No se salva nadie, desde las mujeres sin hogar hasta las reinas”, concluye la autora de Insumisas en referencia también a Cristina de Suecia, quien al nacer con rasgos considerados masculinos tuvo más probabilidades de subir al trono.

Pantalones y tacones, de la acción a la pasividad

Las cowgirls aunque poco conocidas, pueden ser una forma más cercana de visualizar lo que era la relación entre ropa y rol de género. Ellas, cambiaron sus faldas con relleno por pantalones para cabalgar porque con corsé, enaguas y guantes de seda no era posible. “La norma de la vestimenta es una norma de control y lo ha sido desde prácticamente siempre”, reflexiona Manzanera. Un extremo en el que coincide la socióloga feminista Beatriz Ranea. “La ropa masculina también se ha considerado un privilegio, por cómoda, como los pantalones, los bolsillos grandes, los zapatos planos. Si nos fijamos en los disfraces de las niñas y niños, los más demandados suelen ser el de superhéroe para ellos y princesas para ellas. La acción y la inacción en un disfraz”. Ranea explica que el día que las mujeres empezaron a llevar un pantalón, fue una “revolución”, ya que ganaban libertad de movimientos, comodidad, andar más deprisa, no tener miedo a enseñar nada que no se quiera y tejidos menos frágiles. Que se lo pregunten a Hester Stanhope, conocida como la Reina blanca de Palmira, que gracias al vestir de los exploradores primero y al de los beduinos después, pudo conocer tierras y ciudades que ninguna otra mujeres europea había podido antes.

¿Y los tacones? “Si me preguntan si el tacón es una prensa sexualizada, diría que no. Mi hipótesis y la de muchos investigadores es que es un objeto que ahora marca el género”, explica Soley-Beltrán y se puede echar la vista atrás cuando los hombres en la corte francesa los llevaban como signo de refinamiento. “Hoy día, puedo subirme a unos tacones y estar dispuesta a aceptar el mandato de género, pero sabiendo qué significa”, explica, indicando que incluso para muchas mujeres es signo de poder, entre otras cosas, al verse más altas.

¿La minifalda nos liberó o nos condicionó? “Desde la mirada de las mujeres la minifalda pudo ser emancipadora, pero desde los hombres fue hipersexualizarnos”, resume Ranea. “Para Patricia Soley-Beltrán depende de la codificación que hagamos de ella. Por un lado, las mujeres profesionales deben llevar un largo que les genere seriedad y credibilidad y, por otro, si es muy corta se mandan señales. “Lo importante es que no manden un mensaje del que no son conscientes“, explica la exmodelo sobre las mujeres más jóvenes. “A los hombres se les educa como si las mujeres les pertenecieran y como si las pudieran poseer. Cuando una mujer vestida con algo que se codifica como sexualizado se generan unas reacciones. Está claro que los hombres deben ser educados en el consentimiento, no es no, pero no se les puede decir a esas niñas que su vestimenta va a tener reacciones totalmente neutras”, reflexiona.

Cuando los hombres se visten de mujer

La sentencia de un tribunal dejaba claro que, como la Biblia indica, no deben cambiarse los ropajes hombres y mujeres: “El travestismo masculino se considera mucho más reprobable que el femenino: el hombre se degradaba, mientras que la mujer aspiraba a ser mejor”. Entonces, ¿qué pasa con los hombres que quieren usar vestimenta considerada de mujeres? Hace unos pocos días saltó la noticia de una campaña de profesores en un colegio de Valladolid que empezaron a ponerse falda para dar sus clases en reacción a un ataque machista que se produjo en un colegio de Euskadi. Allí, se mandó a casa a un alumno al considerar que no era apropiado que el chico vistiera falda. “Creo que las mujeres en ese sentido tienen más libertad ahora con la ropa que los hombres”, opina Soly-Beltrán, que recuerda que ya Judith Butler hablaba de la performatividad y de las drag queen para hablar de la construcción del género.

“Es así, la experiencia de las mujeres trans ha sido que son llamadas “traidores al género” y que las mujeres se masculinizan muchas veces para acercarse a los derechos negados o para no ser objeto de violencia sexual”, explica Ranea. Manzanera recuerda que Hipatia ejercía sus dotes intelectuales con la toga que llevaban los maestros y que un buen resumen de este tema podría ser “si no puedes con tu enemigo, vístete de él”. “La ropa es un juego, algo que se pone y se quita, deberíamos ver los códigos de la vestimenta como algo mucho más flexible”, finaliza la socióloga Soly-Beltrán pensando en los carnavales. “Lo que pasa es que en el mundo real se toman muy en serio estos roles y entonces es cuando una niña no puede jugar al fútbol o un niño no puede pintarse las uñas”.

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