Cuando la depresión también afecta a los animales

Publicado en Público.es

África y Toto, dos de los chimpancés de la Fundación Mona.
África y Toto, dos de los chimpancés de la Fundación Mona.  Laura L. Ruiz

“El objetivo primero es concienciar y el segundo es proteger”. Así de contundente explica la doctora Yulán Úbeda, investigadora de la Universidad de Girona, como se enfrentó a cinco años de trabajo sin ayuda para sacar adelante un doctorado y poder publicar recientemente en la revista internacional científica Journal of Veterinary Behavior: Clinical applications and research un estudio que evalúa por primera vez el repertorio de trastornos mentales en una especie no humana. En concreto, analiza los comportamiento de chimpancés que han sido explotados en espectáculos o que han sido tenido cautivos como mascotas. “Me planteé buscar un sexto trastorno, ya que se habían encontrado cinco relacionados con animales procedentes de la experimentación animal, pero encontré mucho más”, comenta Úbeda. Los 23 individuos analizados se encuentran en las instalaciones de la Fundación Mona, un centro de recuperación de primates en Girona y en el centro Loro Park de Tenerife. “Lo considero importante porque hay poco mas de una docena de estudios, cuatro empíricos y pocos más prácticos. Por eso es necesario que más investigadores se sumen a este tema”, explica la autora del estudio.

La investigación que ahora ve la luz tiene diferentes puntos de partida: ayudar a la ciencia veterinaria en cuanto al comportamiento de los animales; evidenciar que el trato que le demos a los animales tiene sus efectos; profundizar en el diagnóstico y, así, mejorar los tratamientos que ayuden a estos animales a recuperar su salud mental; ser un apoyo científico a los cambios legislativos que se pidan para proteger a estos animales; y mejorar la psiquiatría humana. No se puede obviar que el chimpancé es el pariente más cercano del ser humano. “He usado una herramienta muy extendida pero que cada vez se usa menor y adaptando mi estudio en otras especies ayudaré a poner en marcha un nuevo sistema”. La investigadora se refiere al que cada vez más en desuso Manual de Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM, por sus siglas en inglés) que es el sistema de clasificación psiquiátrica más usado a nivel mundial pero desde hace unos años se ha propuesto otro paradigma, el transdiagnóstico. Este estudio ayuda a ese nuevo paradigma, según la investigadora, ya que recoge más de 200 trastornos identificables.

Se empleó un cuestionario basado en el DSM, adaptando este sistema más usado a la especie analizada. Estos cuestionarios fueron respondidos por seis cuidadores, tres de cada centro, con 70 preguntas en total. Uno de los problemas para adaptar estos sistemas psiquiátricos a otra especie son las condiciones de estudio. Por ejemplo, no se ha podido analizar las conductas de sueño porque ningún cuidador les vigila mientras duermen o los trastornos sobre adicciones.

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Este es un punto importante, porque en esta muestra no había ningún chimpancé tomando ninguna sustancia en ese momento pero se conoce que el consumo de alcohol o de drogas tiene efectos en los chimpancés y que incluso dentro de la muestra estaba Víctor, a quién se emborrachaba por supuesta diversión de sus captores. Lo mismo ocurre con los trastornos por avanzada edad (no había ningún chimpancé con suficiente edad en las instalaciones colaboradoras) o con el trastorno dismórfico corporal, dentro de la categoría de trastornos obsesivos compulsivos, porque “hasta donde sabemos los chimpancés no se preocupan por imperfecciones en su aspecto físico”, comenta Úbeda.

Diferentes trastornos, una historia común

“Los 23 chimpancés analizados tienen un pasado común: son separados de la madre muy temprano (cuando suelen estar hasta los cinco años con ellas), habían sido usados en espectáculos o como mascotas, algunos han nacido en cautividad y otros cazados”, comenta la autora del estudio. También comenta que, de media, para para cazar una sola cría de chimpancés, otros diez mueren en el proceso y que muchas veces esas crías ven cómo se comen la carne de los adultos delante de ellos (una tendencia en alza llamada carne de selva o bushmeat). “Toda esta experiencia va ligada al humano, con quien se debe pasar el resto de su vida”, indica la doctora que comenta que es frecuente que ninguno de estos animales tengan lo que necesita para vivir: alimento adecuado, condiciones naturales, socialización, etc. A todo se le suma lo que la industria del entretenimiento les obliga: entrenamientos forzados que son generados con comida, provocándoles ansiedad por los alimentos, el maltrato físico, los castigos, el aislamiento en el cautiverio y un deficiente control veterinario.

Incluso cuando las intenciones son buenas, los chimpancés no salen bien parados en el mundo humano. Es el caso de África. Ella apareció un día en el puerto de Las Palmas de Gran Canaria. Seguramente fue arrebatada a su madre junto con sus otros tres hermanos y llevada allí en la bodega de un barco dedicado al tráfico de animales. Por miedo seguramente a las autoridades de aduanas, África y sus hermanos fueron abandonados a su suerte en las instalaciones portuarias. Un empleado escuchó la historia y se la llevó a casa.

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De los otros pequeños chimpancés nunca se supo más, pero la pequeña África vivió como una más de la familia durante sus primeros años. Comía pizza, jugaba con la hija y hasta paseaba con ellos. Pero creció. “Los chimpancés al alcanzar la corta de edad de cinco años ya son tan fuertes como un hombre adulto, y es prácticamente imposible controlarlos por lo que suelen aislarlos en jaulas o habitaciones”, explica la investigadora en la ficha de África en el estudio. La familia construyó una sala en la azotea de la casa y la encerró ahí. Cuando fue rescatada por la Fundación Mona, África tenía once años y cicatrices por todo el cuerpo y su interior del cautiverio: una brecha cuando se intentó escapar de la habitación, con la cabeza y los hombros sin pelos de arrancarlos, con hiperqueratosis, úlceras.

Por suerte para África –indica el estudio– “un año más tarde de su llegada a la fundación ya había aprendido todas las normas de la sociedad chimpancé y pasó a vivir permanentemente en el grupo de chimpancés. Por fin aquí tiene la posibilidad de disfrutar de estar siempre acompañada, como animal social que es y de relacionarse plenamente con los miembros de su nueva familia. Los chimpancés tienen una esperanza de vida de más de 60 años; por suerte, África ya no está sentenciada a una larga vida de soledad y aislamiento”.

Experimentación, tratamiento y protección

“Lo que suele haber en animales explotados son conductas anormales, como cambios en las comidas o los movimientos repetitivos, pero no se estudian psicopatías como el trastorno por estrés postraumático”, comenta Úbeda a raíz de comentar varios casos concretos de chimpancés usados, por ejemplo, en rodajes o programas de televisión. ¿Se puede emplear estrés postraumático en animales? “Las palabras también cuesta cambiarlas: cuando yo empecé a estudiar no se podía hablar de personalidad en animales y lo mismo puede pasar con los trastornos mentales”, responde. Más preguntas: ¿los primates pueden llegar a sufrir este tipo de trastornos en libertad o es la mano del humano quién se los crea? En libertad, los casos más conocidos son el de Flo y Flin o el de Passion y Pom.

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“Cuando Flo murió, Flint paró de comer y de interaccionar con otros y mostraba signos de depresión clínica. Murió a la edad de 8 años y medio, un mes después de haber perdido a su madre Flo”. Recoge el estudio la cita de la primatóloga Janes Goodall, de 1986. “No fue un diagnóstico fue una identificación”, específica Yulán úbeda, que cree que depresión puede haber en la naturaleza por motivos de jerarquías y pérdida de relevancia en el grupo. Por pocos más motivos. Respecto al caso de Passion y Pom –dos hembras de chimpancés en Gombe, mataron y canibalizaron al menos a seis crías–, la autora del estudio señala que “el reconocimiento de sintomatología en primates no humanos entraña otros problemas que incluyen entre otros discernir qué es normal y qué no lo es”, en referencia a que no se sabe si el canibalismo pudo ser una psicopatía o respondía a razones como la de la sobrepoblación.

Respecto a los tratamiento, el estudio apunta que conociendo e identificando mejor el trastorno, se puede ayudar mejor a los individuos. Tanto con tratamientos farmacológicos como con terapia. “Mucho de los que sabemos de los fármacos que usamos en humanos, como los inhibidores de la serotonina, por ejemplo, se han experimentado en macacos, además de toda la experimentación biomédica”, comenta la autora que destaca que los primates, “pese a haber sido objeto de estudio, nada ha revertido en su bien”.

Por eso, uno de los objetivos más importantes de la investigación es que este estudio sirva de apoyo para defender el bienestar de los chimpancés y de otros primates. Preguntada sobre si esta evidencia científica de salud mental puede ayudar a proteger mejor legalmente a los grandes simios (como la consideración de personas no humana o el habeas corpus en lugares como Francia o Argentina), la autora se muestra positiva. “Estudios como este debe ser un apoyo empírico que ayude en casos como los que buscan protegerles”, responde, aunque insiste en que la mejor protección será la que genere una legislación para todos los animales, más allá de pelear un caso concreto en los juzgados. “Espero que se retomen proyectos como el de 2008”, concluye, en referencia a la iniciativa aprobada ese año por la comisión de Medio Ambiente del Congreso de los Diputados en España que concedía derecho a la vida y a la libertad a los primates. El problema, que nunca llegó al pleno para ser desarrollada. Entidades como el Proyecto Gran Simio ya están en ello.

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