El derecho a la salud de los mayores, defendido desde la investigación científica

Publicado en Público.es

Sin un censo de residentes en centros de cuidados, el CSIC y una farmacia catalana trabajan juntos para elaborar perfiles de riesgo frente a una segunda ola de covid-19.

“Yo no sé cuantas pastillas tomo ya ni a cuántos médicos veo”. Las palabras de Teresa podrían ser compartidas por muchos de los mayores de 65 años. No es que le falle la memoria, es que el grado de medicalización de las personas a partir de esa edad aumenta de forma exponencial, tengan o no una enfermedad concreta. Los problemas asociados a la edad junto a otras dolencias concretas hacen que se visiten un grupo de especialistas y se receten tratamientos que no se podría contar con los dedos de las dos manos. “Lo que es bueno para la tensión, es malo para el azúcar y si no para las piernas”, suscribe Paula, vecina de pasillo de la residencia donde vive Teresa, que ya están acostumbradas a que sus dosis y medicamentos cambien constantemente con la interacción de unos sobre otros. Ninguna de las dos ha estado aún con un médico geriátrico, pese a que ambas han superado la covid-19.

Sobre esta realidad lleva años trabajando diferentes perfiles sanitarios que creen que la mirada gerontológica debe aplicarse a todas las decisiones y protocolos, porque no solamente mejora la calidad de vida de los mayores, sino que salva vidas. Es lo evidenciado en plena crisis por la covid-19, donde médicos, farmacéuticos y enfermeras se han encontrado con una gran incógnita a la hora de entender por qué una persona de una residencia ha sido afectada leve o grave por esta enfermedad al contagiarse, o directamente por qué unos han sobrevivido y otros no. La clave estaría, señalan los científicos, en tener los datos de quiénes eran estas personas, qué características tenían y cuál ha sido el resultado al pasar la covid-19. Precisamente es lo que está investigando bajo el nombre de Proyecto Branyas. “Teníamos un registro de todos los fármacos de los residentes de las residencias a las que servimos durante mucho tiempo y vimos que eso era una información muy importante para detectar cómo las enfermedades que tenían o los medicamentos que tomaban podría haberle influido en cómo les afectó la enfermedad”, comenta Benjamín Sánchez, de Farmacias de Dalt, que junto al CSIC son los titulares de la investigación.

Medicamentos como anticoagulantes podrían estar detrás de la clave de por qué unas personas han resistido mejor pese a tener una salud más precaria que otras. “La gente que ha levantado el país es quién más abandonada ha estado. Creo que protegerlos de las nuevas oleadas es tan importante como lo que más. Este estudio es para salvar vidas”, comenta a la vez que visibiliza que el impacto del virus en las residencias a las que sirven medicamentos ha sido grande y calculan que han perdido entre el 15% y el 20% de sus pacientes. Para que esto no vuelva a ocurrir, el Proyecto Branyas se plantea investigar sobre 3000 personas, durante dos años, con casi un centenar de expertos participando en el que es actualmente el el mayor proyecto de investigación integral sobre el impacto de la covid-19 en población geriátrica de Europa.

Un solo censo, pero sin datos de residentes

Mucho tiempo ante de que apareciera esta crisis sanitaria y se vieran las terribles consecuencias entre los residentes de centros de mayores, el CSIC ya apuntaba a la necesidad de mejorar los estudios y datos que tenemos de esta población. “El único censo de residencias de personas mayores que existe es el que realizan desde el Grupo de Envejecimiento en Red del CSIC por medio de una encuesta”, explica Ramiro, que concreta que su alcance es limitado ya que tiene una actualización inminente. Este grupo multidisciplinar conoce que la población es de alrededor de 22.000 personas, que tienen una serie de características, como su grado de dependencia o que tienen una media de edad de 86 años. “Son personas que necesitan ayuda para asearse o vestirse, por lo tanto tienen un mayor contacto con las personas que les cuidan, o que tienen comorbilidades -varias enfermedades o trastornos al mismo tiempo o de forma alterna- que han hecho que la persona tenga más infecciones o que muera”, comenta.

Aun así para hacer frente de manera eficaz frente a una segunda ola, hace falta algo muy concreto que no existe: un registro de personas que viven en residencias. “No teníamos datos desde el punto de vista individual de la población más frágil de nuestra sociedad, que podamos conocer por qué algunos individuos hayan superado la enfermedad, por qué otros han tenido que ir a la UCI o por qué una persona mayor afectada haya fallecido”, por eso, recibieron tan positivamente los datos de la Farmacéutica de Dalt. Con ellos elaborarán perfiles de riesgo, “fundamentales para actuar frente a una segunda ola y proteger a esas personas”. Además, señalan que hay mucho donde investigar, cómo es la relación entre cuidadores, residentes y enfermedad, por ejemplo. “El tema de las residencias no es un tema solo español, ha pasado en muchos países”, indica. Uno de los aspectos interesantes de estudiar ha sido lo que han hecho desde instituciones como el hospital Gregorio Marañón de Madrid, el Vall d’Hebron en Barcelona o el ‘Proyecto Vivaldi’ en Reino Unido. Mientras en el estudio madrileño el 70% de los residentes tenían anticuerpos, solo el 30% de los cuidadores los tenían. Mientras que en la investigación inglesa, los porcentajes se reducían a un 20% entre los residentes y el 7% las y los trabajadores.

El edadismo, una de las mayores discriminaciones de la sociedad

En toda la polémica sobre la gestión de las residencias en la Comunidad de Madrid y muchas otras, se ha impuesto la idea de medicalizar las residencias, pero mucho expertos alertan de que esto no sería una solución y que además puede vulnerar los derechos de las personas mayores. “Una residencia es el lugar dónde vive la gente mayor, nunca es un hospital. Cuando ellos se ponen malos, van a hospitales como uno que vive en su casa”, indica el farmacéutico Sánchez. “Los ciudadanos en España tienen derecho a la salud con un sistema de sanidad público y gratuito y aquellas que por su circunstancia de dependencia o de cuidados de larga duración viven en residencias deben de obtener la atención por el mismo sistema por el que han cotizado durante toda su vida. Otra cosa es que en la residencias exista una atención sanitaria cotidiana, para las curas o apoyos cotidianos del día día. Pero otra cosa es cuando las enfermedades se complican”, opina Lourdes Bermejo, Vicepresidenta de Gerontología de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología.

Tanto esta polémica como la actual polimedicación de los ancianos es algo que los profesionales de la salud quieren erradicar con la especialización. “La geriatría debería tomar mucho más protagonismo en todos los servicios sanitarios del país”, detalla Bermejo, que prosigue: “Igual que no se puede plantear que los niños no tengan servicio de pediatría, parece increíble pensar que las personas mayores no necesitan un especialista como es el médico geriatra”. “La existencia de varias enfermedades simultáneas complica el diagnóstico, lo que genera demoras, consultas a varios especialistas y al final se ‘cansan’ y abandonan los tratamientos”, comenta desde su experiencia María José Mena Cañadas, vocal de la Asociación madrileña de Enfermería Gerontológica (AMEG) y enfermera especialista en Geriatría. “La atención al paciente mayor tiene que basarse en los principios éticos, ellos deben tomar las decisiones sobre lo que afecta a su proyecto vital y los profesionales debemos procurar el mayor beneficio posible en la atención, buenas prácticas, el acompañamiento, el respeto… siempre evitando prejuicios, conductas paternalistas y estereotipos”, recalca Mena.

Preguntados por si igual que debe tenerse en cuenta el sesgo de sexo en la investigación científica y médica, debe existir la mirada de la edad, ambas se muestras conformes. “La realidad es que el edadismo -comenta Mena- se ha convertido en una de las grandes formas de discriminación en nuestra sociedad y eso también repercute a la investigación. Campos como la biogerontología y la gerontología clínica o geriatría se han puesta en marcha más tarde que otras especialidades médicas y por tanto los conocimientos son más pobres cuando se comparan con los de otras ramas de la medicina”. Pero Bermejo advierte que el sesgo de edad puede estigmatizar y ser un error, ya que entre el grupo de las personas mayores hay personas con diferencia de edad de hasta 40 años. “En esta crisis, por ejemplo se ha podido emplear el criterio edad como una barrera para el acceso a ciertos servicios cuando estos estaban muy saturados. Si la variable edad no se cruza con otras características de las personas en términos de salud, patologías o hábitos, entre otros, puede generar ideas prejuiciosas y llegar a conclusiones erróneas”.

 

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