Dátiles, champiñones y vestidos, como símbolos de la ocupación en Palestina

Publicado en El Salto

El bloqueo del cultivo de dátiles y champiñones y de la producción textil es un ejemplo de cómo Israel asfixia a la industria y la agricultura palestinas, territorio que ve limitado el uso de sus materias primas y de sus importaciones y exportaciones.

Consumir dátiles palestinos se ha convertido en una de las formas más efectivas de justicia internacional. Lo dicen movimientos que luchan contra la ocupación israelí en Palestina y las cifras que arroja el comercio de este pequeño fruto: mientras los dátiles palestinos suponen la resistencia de agricultores que no se marchan de sus tierras pese a las restricciones de agua, la presión militar y la inseguridad, la mayoría de los dátiles que podemos encontrar en el mercado internacional son de procedencia israelí.

Se trata de un dato que simboliza el estado de la economía palestina bajo la ocupación. La mayoría de estos frutos que llegan a las tiendas son cultivados en tierras expropiadas extrajudicialmente. Los palmerales son explotados por los colonos de asentamientos ilegales en el Valle del Jordán o en los Altos del Golán, y sus beneficios sirven para crear más asentamientos e incluso son la única fuente de ingresos de muchos de ellos.

De hecho, Israel controla más del 50% del mercado mundial de dátiles medjoul y su objetivo es aumentar su presencia. Se da la paradoja de que los musulmanes de muchos Estados —incluida España— acaban recurriendo a los dátiles con denominación de origen de Israel para celebraciones como el final del Ramadán, ya que es su única alternativa.

“Los dátiles sostienen la ocupación y el apartheid”, explican desde el movimiento propalestino BDS —boicot, desinversión y sanciones—. Animan a no comprar productos israelíes con campañas que se están extendiendo por países como Estados Unidos —uno de los principales importadores de medjoul de asentamientos ilegales— y otros de mayoría musulmana como Marruecos.

Al igual que el dátil, los palestinos han visto cómo muchos de los productos que podrían hacer reflotar su economía han sido sustituidos en el mercado por otros con el sello israelí, se ha prohibido su comercialización en otros países o directamente se ha vetado su producción. Es el caso del champiñón. Se trata de una variedad llamada ‘amuru’, similar a las comercializadas en supermercados de todo el mundo, pero con un tamaño más pequeño y de sabor más concentrado.

“Es muy difícil ver champiñones palestinos en los mercados”, explica Ahlam Tarayra al encontrarlos en una tienda cerca de su casa en Ramallah. Ella cuenta que necesitan mucha humedad y calor, y que siempre se han producido en Cisjordania, sobre todo en las zonas cercanas a Jericó o a Hebrón. Su propio padre tuvo un terreno para cultivarlos. “Israel prohibió durante dos años su producción para que solo compráramos los suyos y así arruinar a los agricultores palestinos”, explica.

Tarayra es la directora general de Palestina Animal League. Esta asociación por los derechos humanos y animales se dedica, entre otros objetivos, a recuperar la tradición culinaria palestina basada en vegetales y legumbres propias de la zona y a evitar el lavado de imagen que se hace desde Israel con los productos veganos.

El conocido como veganwashing fortalece la economía israelí en forma de turismo y publicidad exterior a la vez que se apropia de platos tradicionales como el hummus o el falafel. Palestina tiene un PIB que le sitúa a la cola del ranking mundial, en el puesto 125 de 196; con una tasa de desempleo de casi el 30% de su población, que afecta especialmente a mujeres (48,3%) y menores de 25 años (42%).

LA ÚNICA FÁBRICA QUE ELABORA ‘PALESTINAS’

Observando las cajas de frutas y verduras de los mercados callejeros, los lineales en los supermercados y los electrodomésticos de algunas tiendas, es muy difícil no ver el sello israelí en ellos, ya sea porque es un producto israelí directamente o porque ha sido importado o distribuido por una empresa israelí. Dentro de la propia Cisjordania —pues la situación de asfixia económica es incluso mayor en Gaza— es imposible hacer boicot y no consumir productos israelíes, tanto que hasta uno de sus símbolos está en peligro. Se trata de las kufiyas o el tradicional pañuelo palestino. Desde que Yaser Arafat se hizo conocido en el mundo como líder llevando este tejido en la cabeza, el mundo entero lo ha adoptado como uno de los más significativos tejidos árabes, de la causa palestina e incluso de los movimientos de izquierdas.

Hoy día, solo hay una fábrica en Palestina. Se trata de la empresa Hirbawi y está en Hebrón. El resto de las ‘palestinas’ son de China, Turquía o Jordania. Este último es el país de origen de la mayoría de vestidos y blusas tradicionales palestinas. Una indumentaria muy común, sobre todo entre las mujeres que tradicionalmente tiene el fondo negro y bordados en rojo, algo común de ver en el día a día de las personas de cierta edad. La dificultad para introducir los tintes, las máquinas de tejer o la imposibilidad de exportar han forzado a muchos telares y manufactureras a cerrar.

EL SISTEMA SANITARIO

El sistema sanitario también nota el efecto de la ocupación. Por un lado, el ahogamiento de las cuentas públicas de la Autoridad Palestina hace que el desarrollo y mejoras del Sistema Nacional de Salud vaya a marchas forzadas. Por otro, el auge de la medicina privada —auspiciada por intermediarios israelíes— hace que sea un filón para compañías de seguros, farmacéuticas y otras empresas extranjeras.

“Todo lo que esté fuera del control de ciertas empresas genera problemas”, explica el doctor Belal Abu Helal, de la Palestine Technical University de Kadoorie, con campus en Tulkarem. Allí saben mucho de importar productos sanitarios y medicamentos, ya que se trata de la única facultad veterinaria de todo el Estado y centraliza gran parte de los estudios agrónomos. De hecho, tratan de crear el primer hospital veterinario de Palestina.

“Es muy caro traer cosas de fuera y tardan mucho. Muchas veces las pedimos vía Argelia o Inglaterra y aún así Israel las para en la frontera. Lo más complicado de conseguir son productos como analgésicos o sedantes”, explica el profesor, que no olvida que, al estar cerca de la frontera con Israel, son un blanco fácil: “En 2012 entraron los militares y mataron a 12 caballos de la facultad”. Al preguntarle por qué, el veterinario lo tiene claro: “Toda planta, animal o humano en tierra palestina es enemiga para ellos y debe ser atacada”.

SAQUEO DE PETRÓLEO, GAS Y AGUA

El transporte es otro gran problema para la economía en Palestina. La ocupación bloquea los movimientos de más de 1,8 millones de palestinos, según el último informe de la Association of International Development Agencies (AIDA). El alto precio de gasolina, al igual que de otros bienes básicos, es el resultado de los intermediarios, ya que todos los oleoductos están controlados por el Estado israelí, que tiene una política de apropiación de los recursos.

Mientras se conoce que en suelo palestino hay reservas de petróleo y reservas de gas —sobre todo en la costa mediterránea de Gaza—, solo empresas israelíes tienen permiso para su explotación y comercialización. Compañías estadounidenses como Noble Energy (con sede en Houston) o Avner Oil Exploration firman acuerdos con el Gobierno de Tel Aviv, evitando que la Autoridad Palestina ingrese cerca de 3.400 millones, lo que supondría incrementar su paupérrimo PIB y reducir su dependencia de la ayuda humanitaria internacional.

Contra esta situación —que en lugares como Gaza supone la emergencia energética y en Cisjordania el racionamiento—, se fomenta el transporte colectivo más sostenible. Desde taxis colectivos, hasta paradas intermedias si alguien se baja antes, pasando por compartir vehículos privados, aprovechar cargas en camiones al máximo o disponer del ofrecimiento de los vecinos para no desperdiciar un trayecto.

Por otro lado, la comunicación entre las ciudades de Cisjornadia es muy complicada, lo que limita a su vez el comercio interior. Estrechas carreteras, con bloqueos por la construcción de los diferentes muros, salpicadas de puestos militares israelíes y checkpoints y con frecuentes cortes sin previo aviso. Incluso dentro de las propias ciudades es difícil moverse, con o sin carga comercial. En Hebrón solo es necesario acercarse al zoco de la ciudad antigua para ver cómo muchas de las entonces lustrosas tiendas han tenido que cerrar por la ocupación.

Esta ciudad, al sur de la capital palestina y escenario de matanzas como la de la Mezquita de Ibrahim a manos de un colono judío estadounidense, está dividida en dos: en el nivel de calle están los palestinos y en las plantas superiores los colonos. Estos arrojan desechos, basura e incluso ácido a los palestinos y visitantes, lo que obliga a los comerciantes a protegerse con mallas, planchas de acero e incluso a cerrar sus establecimientos. Así, calles como la avenida principal han sido incluso vetadas para los originarios de allí.

“Yo no puedo ir con vosotros por el camino por un tema de seguridad solo por ser palestino. Hasta los animales pueden pasar antes que yo”, explica Izzat, de Youth Against Settlements, a un grupo de activistas extranjeros para los que realiza tours. Se trata de una forma de visibilizar la violación sistemática de los acuerdos internacionales, la resistencia de los residentes en Hebrón y de apoyar económicamente a jóvenes implicados en la liberación de palestina.

Los bancos palestinos se rigen por el nuevo séquel (moneda israelí), que, junto con el dinar jordano, es la moneda oficial de Palestina. Israel controla los cambios, devaluación y reservas monetarias. En Belén, Jerusalén, Nablus, Kalandia, Qalqilya y muchas otras ciudades palestinas está presente el contraste entre la floreciente economía israelí y la de la resistencia palestina. Mientras el paisaje arroja ciudades de bloques grises que crecen en vertical a un lado del muro, muestra casas adosadas con césped recién cortado y piscinas azules al otro lado, en las colonias ilegales.

Mientras el ejército israelí arranca campos de olivos en Gaza y saquea acuíferos en Cisjordania, Israel se presenta al mundo como un milagro económico basado en la tecnología. Mientras un muro separa cada vez a más familias e imposibilita la vida —con 700 kilómetros de longitud y construido en un 85% dentro de tierras palestinas—, los palestinos sueñan con volver a producir sus propias kufiyas y competir de nuevo en los mercados con los dátiles de Jericó.

 

+ Fotos de BYRON MAHER

 

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