Hacia ciudades más naturales: de Copenhague a Vitoria y Santander

Publicado en El Asombrario y Público.es
Ciudades preparadas para fijarse en la naturaleza y luchar desde ahí frente a lluvias torrenciales o sequías extremas, que cada vez con más intensidad trae el cambio climático. Muchas ciudades ya están apostando por esta nueva estrategia, más natural y humana. Desde Malmö y Copenhague a Vitoria, Zaragoza y Santander. Esta es una de las claves de los foros sobre ‘Ciudades resilientes y adaptación urbana’, a cargo de la organización internacional Gobiernos Locales para la Sostenibilidad, y cuyo próximo encuentro se celebrará a finales de abril en Bonn.

“Si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Esa podría ser la frase de cabecera de muchos arquitectos, urbanistas y gestores de las ciudades hoy día y es que, con mayor o menos impacto, el cambio climático afectará a todos los rincones del planeta cada vez más. Por eso, las ciudades -donde vive más de la mitad de las personas que pueblan el planeta- son el principal objetivo para adaptarlas y hacerlas resistentes a las embestidas que el calentamientos global y sus consecuencias traerán. Esto no es una novedad, pero sí lo es la manera que estamos teniendo para lograrlo. Si hace décadas se pensaba en las barreras físicas para evitar que el agua invadiera nuestras calles y casas -como los diques de Holanda, por ejemplo-, hoy día se han dado cuenta de que ese parche no sirve de mucho. Las crecidas cada vez son mayores y construir muros de contención y montículos artificiales en la costa cada vez más altos no parece tener mucho futuro. Por eso, las soluciones innovadoras que asimilan estos cambios son las llamadas a lograr que el agua (por exceso o por escasez) no sea un elemento que haga invisibles nuestras ciudades.

Ejemplos en el norte de Europa no faltan. En Malmö, Suecia, han construido una nueva área residencial en una zona poco usada ya y expuesta a inclemencias climatológicas extremas. En Western Harbour, en lugar de repetir errores del pasado, han mirado al futuro y han diseñado techos verdes, canales de agua, zonas con abundante vegetación y canales que distribuyen y absorben el agua evitando que este inunde zonas más vulnerables. Soluciones similares han tomado en la ciudad vecina de Copenhage. La capital danesa quedó casi sumergida en las inundaciones de 2011, lo que supuso pérdidas de millones de euros. Así que pensaron que menos costoso es evitar que el agua vuelva a destruir todo. ¿Cómo? Haciéndose aliados de él y no impidiendo su recorrido. Como los sistemas de desagües y alcantarillado convencionales ya no son suficientes, la ciudad cuenta con plazas públicas inundables y calles especiales pensadas para que cuando lleguen las lluvias torrenciales se adueñen de una parte de la ciudad, dejando intacta la otra.

En ambos casos se tratan de iniciativas públicas apoyadas y fomentadas por los sectores privados y no es casual. Los cambios climáticos afectarán a todo el tejido urbano y se debe apostar de forma conjunta. Es en lo que insisten los foros sobre Ciudades resilientes y adaptación urbana, a cargo de la organización internacional Gobiernos Locales para la Sostenibilidad. Entienden que el Desarrollo Urbano Sostenible es una tarea de todas las Administraciones, sean locales, regionales, estatales o supranacionales. Desde pueblos en los que se sensibilice a sus ciudadanos para recoger el agua de lluvia en caso de sequía, hasta los que forman grupos de trabajo para mantener los canales de salidas de agua o las redes de soporte entre países en el caso de evacuaciones.

Resiliencia, esa bonita palabra

En los últimos años la palabra resiliencia se ha convertido en el mantra de muchos pensadores de la ciudad. Más allá de hacerla resistente -como muchos usan el término erróneamente-, consiste en lograr que la urbe sea un buen lugar para vivir. Y que lo sea siempre, incluido cuando hay una crisis. Esto puede ocurrir en el caso de catástrofes naturales; no solo inundaciones, sino también terremotos, tifones, tsunamis, volcanes, incendios… Para ello, la ciudad debe estar preparada, no solamente para recibir el primer impacto -como veíamos en los ejemplos de Malmöe o Copenhage- sino también para seguir la vida en esas circunstancias críticas. Además, ya que estamos hablando de que muchas de esas crisis han sido provocadas por los efectos del cambio climático, qué menos que las ciudades resilientes procuren no alimentar esa bestia y apuesten por reducir la huella ecológica de sus habitantes al máximo.

¿Cómo logramos esto? El proyecto 100 Resilient Cities, de la Fundación Rockefeller se ha centrado en la alimentación -lograr que la ciudad no dependa exclusivamente del aporte de otras comunidades, además de promover los huertos urbanos como un elemento de cohesión de las comunidades-, transporte sostenible -reducir los vehículos contaminantes, promover otras formas de movilidad como las bicicletas, pero sobre todo hacer cada vez más caminables las ciudades-, apostar por el biomimetismo -imitar a la naturaleza, por ejemplo con los sistemas de ventilación que permiten mantener los espacios a una temperatura buena sin usar artificios-, gasto energético responsable -fomentar no solo el ahorro, sino la eliminación de sistemas poco eficientes o innecesarios-, redes sociales -que hagan que en caso de catástrofe siempre haya un plan B al estatal si este colapsa, ofreciendo vivienda, alimentos, ropa o transporte en caso de ser necesario.

Restauración ecológica e infraestructura verde

Ante la pregunta de si, además de grandes macroproyectos o pequeñas iniciativas, las ciudades pueden apostar por una estrategia frente al cambio climático, una de las respuestas más respaldadas han sido las infraestructuras verdes. Esto que en principio suena a una autopista con césped es mucho más -y mucho más útil en varios sentidos- que las carreteras, puentes o túneles. Se trata de áreas naturales que estando en buenas condiciones pueden ofrecer múltiples ventajas; entre otras, la resistencia a los efectos del cambio climático. En los bosques, los puertos, pero también en los bordes de la ciudad e incluso cruzando esta. Estas zonas ayudan a controlar los cauces de los ríos, a preparar el suelo para que absorban lluvias abundantes, a fijar el terreno, mejorar la movilidad, ofrecer áreas libres de contaminación atmosférica, etc… Si alguien puede pensar que la infraestructura verde es utópica, debe conocer también las oportunidades económicas que ofrecen, lo que las convierte en una de las herramientas preferidas en el desarrollo sostenible. España cuenta con muchos espacios protegidos que, gestionándolos de forma responsable y con proyección de futuro, pueden lograr crear puestos de trabajo, nuevos perfiles profesionales y fijar la población en pueblos que, de lo contrario, pueden acabar deshabitados.

Por eso, este año se espera que la normativa más potente sobre infraestructura verde salga a la luz. Se trata de la Estrategia Estatal de Infraestructura Verde Conectividad y Restauración Ecológicas (EEIVCRE), impulsada por el Ministerio de Medio Ambiente y que ha involucrado a agentes privados. Como la asesoría medioambiental Creando Redes , que señalan que ya son muchos los ayuntamientos o comunidades autónomas que han tomado la delantera a este respecto. El famoso Anillo Verde de Vitoria, el recientemente premiado Plan Director de Infraestructura Verde de Zaragoza o el proyecto Life+ de Santander, entre otros muchos ejemplos. Zonas que no solo sirven para prevenir los embates del cambio climático, sino que hacen de la vida actual en las ciudades un mejor espacio y que garantiza para las siguientes generaciones que, al menos, la situación ecológica y social no vaya a peor. Que ya es mucho.

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